Viaje al origen II

Me desperté sobresaltada sobre un montón de hojas blandas y aún verdes. “¿Dónde estoy?”- pensé. A mi alrededor divisaba árboles que no terminaban de crecer hacia el negro cielo. No había luz de luna. La oscuridad era reina y se imponía en toda la selva. Una niña de cabellos largos y negros me miraba con sus ojos grandes. Se llevó un delgado dedo a los labios. No me dijo nada, pero comprendí que había que correr. En cuanto pensé esto se levantó y la seguí. Parecía conocer el lugar, probablemente fuera su hogar. Lo increíble es que yo la podía seguir, por más rápida que fuera. Sentí que íbamos a una velocidad sobrehumana. Nuestros pasos no se oían, se acoplaban con el silencio y la brisa. Sentí que éramos lobos, animales sutiles y fugaces, solitarios y nocturnos...

Llegamos a una ribera y finalmente pude ver la luna. Su luz me hacía bien. Me sentí en casa. Mutamos nuevamente a humanos y ayudé a mi guía a construir un refugio. El fuego daba un calorcito reconfortante, y ahí noté que estaba empapada, como si hubiese llovido. Mi compañera comía apaciblemente, las llamas me devolvían rasgos indígenas de aquella niña. Tenía la piel dorada y el pelo era la misma noche sin Luna. Vestía una túnica color terracota con dibujos geométricos y de variados colores. Se me ocurrió que debía preguntar algo, pero no sabía qué. Sabía que algo de esto ocurriría; Líber ya me lo había dicho.

Me acosté en el suelo cubierto de hojas intentando descubrir la simbología de todo esto. La noche siempre fue mi momento, es donde más me conecto con lo interno. Siempre había sido así. En la vida terrestre había sentido pocas veces mi mutación de lobo. Aunque si me ponía a pensar, siempre me vestía igual que la oscuridad, siempre me gustó ser sigilosa y certera con cada movimiento. Y luego la lluvia. Primeramente no lo noté porque no me molestaba. La selva era húmeda, todo tenía lluvia en su composición. Al correr sentí que volaba, como si fuera tan propio de mí. Como la lluvia, sentí que podía moverme como la lluvia, rápida y liviana. Yo también era lluvia. Me sentí muy a gusto con todo ello. Me sentí bien en aquel lugar, como si me perteneciera… como si yo fuera parte de su mística.

“Éste es tu hogar” pensó alguien en mi cabeza. Miré a la niña, que con sus ojos grandes me hablaba y supe que tenía razón.

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