Viaje al origen III

“Es hoy”, escuché en la oscuridad de mi cabeza. Abrí los ojos. El techo aún seguía allí. El sol recién estaba naciendo y la noche todavía se paseaba por mi habitación. No escuchaba nada; probablemente seguían durmiendo. Mamá seguramente se habría acostado hace un par de horas.
Pero yo estaba despierta. La agitación me había despertado. Incluso creo que no estaba durmiendo del todo. Tenía miedo, pero a la vez ansiedad. Yo sabía que el viaje cambiaría muchas cosas. Pero no sabía qué.

Mi pared. Repasé por última vez aquel muro. Me sentía orgullosa de aquel collage de imágenes, palabras, personas, movimientos, sentimientos, saberes, amigos… Si me preguntaran quien era yo, contestaría “Eso”. Pero aún faltaban cosas, sobre todo de mí.

Le eché un vistazo lo más nítido posible; intentaba guardar aquellas cosas en mi memoria, para tenerlas presentes durante el viaje. El viaje… Sentía que todo cambiaría después de ello. Tenía miedo de olvidar todo lo que he vivido. Porque parecía que todo comenzaría de nuevo.

Ya faltaba poco para que algún reloj indicase la hora de despertar. Yo seguía mirando al techo, imaginando todo lo que vería después. Tenía una imagen de ese momento; era como abrir una puerta, como dar vuelta la página y ésta lentamente iba descubriendo lo que seguía después.
¿Cuando se vería del todo la otra carilla?  Quizás este momento eran las dos últimas líneas de la página.  Dar vuelta la página. El viaje era eso. El proceso de mover la página, dejando atrás lo anterior para descubrir lo que viene. Para seguir la historia. Para no quedarse con la intriga.

Estábamos viajando a la parte siguiente. Una nueva página. Algo nuevo estaba por venir.

El último día

Estaba sentada con la mirada perdida. En el rincón, como ausente, miraba sin mirar como todo pasaba de largo por la ventana. Nada se detenía, todo se iba y uno podía solo apreciarlo unos instantes. Nada era eterno, todo desaparecía al final de la ventana.

En el rincón, golpeaba con furia todo a su alrededor y lloraba a gritos y se golpeaba la cabeza, se arañaba las mejillas, se tiraba del cabello y los ojos chorreaban lagrimas y la garganta lanzaba gritos, lamentos, sollozos. Pero nadie veía eso, porque todo sucedía en su interior. Ella estaba adentro. Sus ojos hacia adentro, parecía una muñeca tétrica, tan frágil… Ella sabía que no lo soportaría demasiado, que en cualquier momento podía estallar en reales lágrimas y se mordería el labio y miraría hacia arriba para evitar derramar aquella tristeza.

Lo fingía pero era notorio. Tenía esa peculiaridad de decirlo todo con los ojos. Entonces, volteó la cabeza a la ventana. Escuchaba muy lejanas las voces de sus amigos que hablaban de cosas divertidas, aunque a ella nada le hacía gracia.

No podía pensar en otra cosa. “Pronto” dijo. ¿Y qué es pronto? ¿Cuándo es pronto? ¿Qué entendía por pronto? No, definitivamente él no entendía nada. Albergaba ella una esperanza, pero se dio cuenta de que estaba equivocada. No había nada de especial en aquello. Ella no era especial, ¿qué le había hecho pensar que sí? No se esforzó demasiado; en el fondo ella también lo sabía.

La noche se cernía sobre la ciudad y esperaba impaciente, la despedida. Pero aún antes ella ya no tenía ganas de nada. A fin de cuentas… ¿cuánto tiempo le quedaba? Todo había pasado tan rápido, nada quedó en el tiempo. Se equivocó y lo supo desde el principio. Ellos eran sólo amigos. Todos lo entendían así. Nada cambiaría por más que ella se enamorara. Nada debía cambiar, casi lo olvidaba. Envenenada de amor, a veces no se daba cuenta lo que hacía. A veces creyó que él sí, pero no. Él no se daba una idea de nada.

O no era claro. Y esa era la duda de ella. Eso era lo que le carcomía el cerebro, lo que la ponía a calcular el porcentaje de posibilidades, la cantidad de pruebas, analizar cada movimiento, cada gesto, cada reacción, cada palabra. ¡Era horrible! La cabeza a punto de estallar. Sumado a eso tenía un corazón desangrándose. Luchando contra la decisión de su firme dueña. Porque ella tenía una ilusión corazonada, tenía esa sensación que produce el amor, de ser correspondida. De que sí, de romper con ese lazo de simple amistad.

Y así habían pasado noches, una lucha interna de emociones, una batalla feroz. Porque era horrible. El corazón chillaba cuando no se le seguía a la par. Y ella estaba triste por él y por ella. Le dolía, pero…“Lo que te haga feliz”. Ella lo miraba y enseguida comenzaba amarlo. Entonces, rehuía de encontrarse con sus ojos, porque aquel sentimiento muchas veces la empujaba con furia.

Eran amigos. Era lo último que le quedaba. No podía dejar que un sentimiento tan altanero y poderoso, interfiera en aquella relación.

Se obligó a negar las posibilidades. No, no iba en busca de nada. Aquel era el último día y transcurrió como cualquier otro. No se esforzó demasiado. Esperaba que él lo hiciera aunque no estaba segura de que pasase. Y en efecto, nada sucedió.

Nada hasta el último momento. Ella no lo abrazó. Se dejó abrazar, e intentando no llorar bajó la vista. Él susurró “pronto”, mientras acariciaba su cabello. “Pronto”. No quiso entender nada. Subió al colectivo toda marchita, como desprendiéndose de la vida. “No, te equivocas. No hay un pronto. Desde hoy es nunca.” Se lo decía con la actitud, sin intenciones de que lo entendiese. Luego comenzó a darle pena, pero ya estaba todo hecho.

Miró por la ventana. Él ya había emprendido su marcha. Se sintió tonta: Por un momento pensó que no la dejaría de mirar hasta que resultase imposible. Ella lo hubiera hecho.

Todo se iba rápido por la ventana, nada estaba allí por siempre. Comenzó a sentir la quemazón de la amargura y la tristeza sobre su garganta. “Pronto”. Gritaba y lloraba. ¡¿Qué es pronto?! Estaba ahogada en cólera ante la desesperación de no encontrar un significado razonable. Se debatía ante la decisión de buscarle un sentido o hacer nada. Porque, ¿De qué valía intentar entender algo? No; ella debía hacer nada. Nada. Hoy fue el último día. Hoy llora mares. Mañana todo habrá muerto y él se dará cuenta tarde.

Sentada en el rincón, sintiendo esa batalla atroz sobre el cuerpo, intenta dormirse, o algo que no le haga pensar, volverse inconsciente, olvidar por un largo rato todo. Olvidar que ya está todo hecho. Que no hay próxima vez. Que era la última. Nunca más.

The hardest part

Dedicada a Louis, el que me inspiró esta historia.

Tomó el último bus y partió. Sentía el tiempo correr tras ella, como si intentase detenerla y que volteara hacia atrás. Quizás también esperaba que él se enterase a tiempo y la atajara del brazo para llevarla al interior de sus brazos. Pero no pasaría. ¿Cuándo leería aquello? Probablemente ella ya estaría muy lejos, partiendo para no volver.

Todos los movimientos eran rápidos; había que huir de aquel impulso de gritárselo todo en la cara y llorar, maldecir y que tuviese un recuerdo extraño.

Y lo quería tanto… Jamás imaginó que ocurriese, y tampoco cree que él haya pensado alguna vez en la idea. Nunca habían hablado de eso, de ellos. Pero sí había algo entre ellos.

¿Había algo?¿Y si él nunca lo vió así?

Aquel día que descubrió que lo amaba, algo se quebró allí dentro. Con espanto iba descubriendo aquella dolorosa certeza: La amistad estaba rota. Ya nada podía hacer, no había vuelta atrás. ¿Por qué tenía que pasar? Ella sabe que no debe. Lo quiere y como lo quiere no quiere hacerle daño, no quiere amarlo. El amor aniquilaba aquella bella amistad…

Tiene que ser sincera; ya nada sería igual. Él tiene que saberlo, merece saber por qué no se verán nunca más, nunca como antes.

Entonces escribe con pesar y dolor que debe alejarse, que el amor la invadió, que no puede quererlo a su antojo. Como amiga sincera, le confesó que lo amaba y que no quiere lastimarlo. Que lo siente, que lamenta haber arruinado lo que tenían. El amor destruye aquella barrera invisible que protege el lazo amistoso. Ella no sabe amar, no sabe cómo, no le es fácil. No ama de manera convencional. El amor es como un veneno que la convierte en obsesiva, en una adicta. No lo puede manejar. No puede dejar que pase. Porque, por ejemplo, puede amar a más de uno, de aquella manera. Porque, por ejemplo es tan intensa… Que con una mirada ama y un roce basta para el éxtasis. Nadie puede comprender ese lenguaje tan siniestro.

Ella, una persona que ama con cada célula de su ser y aquel poder de amor es tan ilimitado…Hasta sería letal.

No, el corazón puede arrojarse al vértigo, arriesgarse, pero ella no. No lo permitiría. Como amiga lo quiere, lo quiere entero y tal como es. Como amante, se entrega al abismo de no saber, de sólo amar, de pertenecerse como mujer y como hombre, como dos seres indivisibles. Pero entonces sería otra, sería aquella mujer tan intensa, tan amante, tan ilusa…

No puede prometer amor eterno, porque no tiene decisión sobre sus sentidos; en la siguiente mañana podría estar amando a alguien más. Pensarlo ya era complicado.

Y ella que lo quería tanto… aunque se retorciera el corazón, sabía que no podría, no podría soportar la culpa si dañaba aquella persona tan especial que un día con alegría y sin darse cuenta comenzó a llamar amigo. Y recuerda entonces con ternura y melancolía que siempre pudo contar con él, que él tenía el poder de transformar un día horrible en uno inolvidable. Aquel amigo que le compartió lo más interesante que en el mundo encontraba, aquellas cosas que uno siempre comparte con entusiasmo con personas que interesante o no, te escucharán, como nueva música, nuevas ideas, arte, nuevas formas de amar, etc.

Aquel que le cambió la vida, que siempre tenía una historia loca para contar, o lo que fuere, lo más lindo de eso era simplemente escuchar su dulce voz, mirar sus gestos y pensar que nadie en el mundo podría reemplazarlo en el mundo. No, no habría otro como él. Por eso lo quería, porque era especial y único.

Y por eso jamás le haría daño.

Empacaba sus cosas con melancolía casi como que no quería irse. Las lágrimas habían corrido tantas noches. La duda, la distancia, el miedo quizás… Todo la perturbaba.

Ya estaba todo escrito, un sobre dentro de un regalo viajaba rumbo a confesar un sentimiento involuntario.

“No lo abras ahora”

Ya estaba todo dicho. Se despidió, aunque él no lo supo, lo abrazó lo más que pudo y un beso en la comisura de aquella boca le hizo notar como su cuerpo también comenzaba a asimilar aquel sentimiento que le dolía tener.

Lo miró sabiendo que aquella amistad ya moría, hecha cenizas por su culpa, rota por un amor incorrecto.

Le dolía pero así era y nada podía hacer para dejar de sentir amor por ese amigo tan infaltable, tan especial… Sabe que lo va a extrañar y mucho más ahora, pero prefiere morirse de amor que lastimar a ese niño tan simpático que le enseñó trucos de magia y un día, cuando reapareció en su vida tan alto y tan gracioso, volvieron a ser amigos y compartieron risas, música y cosas locas. Que no supo cómo, pero en el fondo, sintió que desde siempre le caía bien. Que nunca imaginó que fueran tan amigos. Y mucho menos que se enamoraría de él.

Un mensaje en una canción

Sintió que había un lamento desesperado, un pedido detrás de esa melancólica canción. Le extrañó; nunca antes lo había notado… Entonces fue. Fue porque sintió que algo la llamaba, algo que debía hacer.

La fiesta era un tanto alocada por las groupies que gritaban y reían por cualquier idiotez. Algunos conversaban tranquilamente en la barra. Frente a la barra, en un sillón estaba sentado el protagonista de la noche. Destruido. No, no era eso, simplemente se notaba que estaba en otro lado, pensando en alguna otra cosa…

Rodeado de personas que apenas conocía que le hablaban entusiasmados y reían junto con las chicas que enjaulaban al músico observándolo lascivamente. Él asentía, “mhm”, tomaba, pero pensaba en otra cosa. O no pensaba. Y luego la vio. Sentada en la barra, sorbiendo un poco de alcohol, mirando sin reparar en nadie, altanera, consciente de su seductora figura, de esas piernas kilométricas y de esa aura misteriosa que la destacaba. Había cierto aire de fineza en todo lo que hacía, aunque uno podía imaginarla tranquila, leyendo un libro en una plaza. Quizás era eso, muy natural. La falta de brillantina y rouge no la opacaban, al contrario, deslumbraba con su propio brillo, tan natural, tan simple como aquel vestido negro que lucía. Entonces lo vio.

Allí, entre gente que no se daba cuenta que no estaba escuchando ni sintiendo aquellos roces femeninos que pretendían retenerlo, estaba él. La camisa entreabierta, arrojado en el sillón esperando que éste lo tragase. Tomando sin saber por qué, escuchando murmullos que no pretendía entender. Despeinado de tantas caricias, de tantos saltos y rock. Allí, su cuerpo permanecía inmóvil, quizás ni fuerzas tenía. No quería estar allí. Escapando con los ojos, llegó allí a los ojos de aquella muchacha. Sabía que ella sí. Que ella sí entendía. Había algo que ambos comprendían.

“Sacame” sintió que la llamaba. Algo dentro de ella sintió pena y comprendió que para eso había ido. Se paró y caminó entre los pares de ojos que la seguían. Pidió que se lo presentaran. Simulando tener el mismo interés que todas, llegó hasta su trono, hasta el centro de atención. Simulando tener el mismo interés que los hombres presentes se la llevó hacia un rincón, hacia donde comprendieran que deseaban estar solos. El baño y más allá, la salida.

Simulando tener el mismo interés que todos pensaban que ellos tenían, el guardia lo dejó salir, felicitándolo con un giño.

No habían siquiera hablado, pero ambos sabían. Él necesitaba decir algo. “Gracias” espetó con un poco de vergüenza y ella sólo sonrió. Tampoco sabía que decir. Ya no era más aquella mujer seductora. De repente era ella. Esa chica que podía estar leyendo un libro sentada en un banco frío de plaza, sola, como todas las mañanas, pensando en alguien que cree que existe para ella, escuchando música en el living de su casa, disfrutando de aquel músico que parecía contener la misma melancolía que ella. De aquel que hacía recitales alocados y su música gustaba a muchos, de aquél que tenía favoritismos por las bufandas, según notó, no por las producciones fotográficas, sino por las fotos de paparazzi que lo encontraban siempre en algún bar, siempre uno diferente, quizás intentando no ser encontrado, con aquella mirada cansada de tanta atención. Aquel, que siempre tenía el pelo alborotado, aquel que caminaba a su lado cabizbajo, pero complacido.

El silencio no era incómodo, era mutuo. Ambos sabían, y quizás intuían que el otro también sabía. Pero no lograban estar seguros. Que en aquel escenario, cuando la descubrió entre la multitud, se sintió feliz porque intuía que ella realmente estaba escuchando algo más que la música. Que ella en el fondo sabía que algún día pasaría. Que cuando subió al escenario, la canción era realmente para ella, no era mera actuación, algo entre los dos estaba pasando.

Que la fiesta era sólo una excusa. Que él la llamó, inconsciente y ella fue ¿Por qué sería coincidencia?

Se miraron. Le tomo la mano y le dijo un “De verdad, gracias” muy agradecido y tierno. Un gracias que salía desde el fondo del alma confundida. Que habría sido un grito, que podía convertirse en un abrazo, pero el temor de ser extraños lo detenía. Sin embargo ella, que entendía, porque muchas veces se lo había preguntado mientras miraba su imagen en la web, o en la calle, o en la televisión… Ella también se había preguntado si estaba disfrutando, si estaba haciendo bien. Entonces rozó su mejilla como siempre había soñado, con un poco de miedo, porque aún eran extraños. No pudieron retenerse más y el abrazo esperado se cumplió. Ambos se sentían bien. Que parecían amigos tan cercanos, era como un final feliz. Absurdo, pero feliz, allí, dentro de ese abrazo que era un gracias mutuo, un “no estamos solos”, un símbolo de amistad, de comprensión, de compasión. Que todos a veces queremos un abrazo, y ellos se necesitaban en ese abrazo. Que ambos extraños no necesitaban explicarse nada. Era como comenzar de nuevo, como una oportunidad.

Y el sol comenzó a salir, inaugurando su nuevo día en este espacio del universo. Y el abrazo no quería terminar. Porque sin mirarse era más fácil. Pero no, mirarse era inevitable. Encontrarse en los ojos del otro y entender que sentían lo mismo. Que no querían unirse en una noche. Que había algo que comenzaba como una amistad de dos niños. Que era eso, necesitaban simplemente estar juntos, que cuando necesitasen un abrazo de verdad estarían allí, para consolarse ambos. Porque ambos se comprendían como nadie más lo podría hacer. No, no lo sabían, simplemente lo sentían así.

Llegaba la hora de la despedida, porque el tiempo seguía y ambos no tenían el valor de abandonar sus rutinas. Las palabras no habían casi existido en aquella conversación tan emotiva. Ambos se sentían extraños porque no era algo muy casual. Pero no había, nada que decir. No se necesitaba más que el lenguaje de aquellos ojos, de esas miradas que se querían y se entendían. Era increíble el poder de aquello. Y como aquello era de ambos, no tenían miedo de decir nada. No tenían miedo de ese silencio que ambos elegían. Pero necesitaban saber que lo que habían sentido era real, porque los humanos somos así, necesitamos más que la simple intuición animal. Entonces se dijeron sus nombres, quizás también hubo alguna confesión de todo ello, de lo que sintieron en aquella experiencia nueva.

Él la acompañó hasta la casa, que se las arreglaría solo para volver, tarde o temprano se enterarían que no había ido a la cama del hotel y muy pronto lo llamarían. Le importaba poco lo que pasase, si lo regañaran por una imprudente actitud, o le preguntasen qué tal había estado la noche con aquella excitante muchacha. Ni siquiera pensaba hablar sobre el tema, nadie entendería cuán maravilloso había sido todo aquello que, acababa de descubrir, era lo que tanto deseaba: un verdadero abrazo de alguien que realmente lo quería. De alguien que él llamó con un grito del alma y aunque no sabía quién, el día anterior supo que se encontrarían.

Viaje al origen II

Me desperté sobresaltada sobre un montón de hojas blandas y aún verdes. “¿Dónde estoy?”- pensé. A mi alrededor divisaba árboles que no terminaban de crecer hacia el negro cielo. No había luz de luna. La oscuridad era reina y se imponía en toda la selva. Una niña de cabellos largos y negros me miraba con sus ojos grandes. Se llevó un delgado dedo a los labios. No me dijo nada, pero comprendí que había que correr. En cuanto pensé esto se levantó y la seguí. Parecía conocer el lugar, probablemente fuera su hogar. Lo increíble es que yo la podía seguir, por más rápida que fuera. Sentí que íbamos a una velocidad sobrehumana. Nuestros pasos no se oían, se acoplaban con el silencio y la brisa. Sentí que éramos lobos, animales sutiles y fugaces, solitarios y nocturnos...

Llegamos a una ribera y finalmente pude ver la luna. Su luz me hacía bien. Me sentí en casa. Mutamos nuevamente a humanos y ayudé a mi guía a construir un refugio. El fuego daba un calorcito reconfortante, y ahí noté que estaba empapada, como si hubiese llovido. Mi compañera comía apaciblemente, las llamas me devolvían rasgos indígenas de aquella niña. Tenía la piel dorada y el pelo era la misma noche sin Luna. Vestía una túnica color terracota con dibujos geométricos y de variados colores. Se me ocurrió que debía preguntar algo, pero no sabía qué. Sabía que algo de esto ocurriría; Líber ya me lo había dicho.

Me acosté en el suelo cubierto de hojas intentando descubrir la simbología de todo esto. La noche siempre fue mi momento, es donde más me conecto con lo interno. Siempre había sido así. En la vida terrestre había sentido pocas veces mi mutación de lobo. Aunque si me ponía a pensar, siempre me vestía igual que la oscuridad, siempre me gustó ser sigilosa y certera con cada movimiento. Y luego la lluvia. Primeramente no lo noté porque no me molestaba. La selva era húmeda, todo tenía lluvia en su composición. Al correr sentí que volaba, como si fuera tan propio de mí. Como la lluvia, sentí que podía moverme como la lluvia, rápida y liviana. Yo también era lluvia. Me sentí muy a gusto con todo ello. Me sentí bien en aquel lugar, como si me perteneciera… como si yo fuera parte de su mística.

“Éste es tu hogar” pensó alguien en mi cabeza. Miré a la niña, que con sus ojos grandes me hablaba y supe que tenía razón.

Viaje al origen

La casa estaba en silencio, pero juro que escuché algo. No era mi imaginación; allí en la oscuridad había algo que estaba esperando, alerta, me acechaba escondido en las sombras, en la nada que yo veía.
Y aquella oscuridad se hacía más intensa, más profunda... Me rodeaba lo desconocido, era como un círculo oscuro, porque yo sabía que en la habitación todo seguía igual y pensando esto la luz envolvente (¿ No era oscuridad?) se fue difuminando hasta encontrar mi cama hecha una nube.
Allí estaban.
Líber me miraba exaltada, estaba segura que me diría... -Lo sabe, ¡lo sabe!- dijo feliz, mirando a Sole y Félix. Me miró con esa picardía de siempre.
Pero no eran los mismos. Daba la sensación de que habían crecido, tenían rasgos más adultos, especialmente Líber. Estaba más atractiva aunque seguía teniendo ese aire infantil.
- No hace falta que te lo diga- Me guiñó un ojo. Estaba tan alegre, tenía unas ganas reprimidas de saltar o algo, no se decidía hasta que se arrojó hacia mí y me abrazó.
-Muy bien, muy bien...- Me susurraba al oído.
No pude evitar emocionarme, entonces mis intuiciones se hacían realidad: Éste era el camino.
Los tres me saludaron muy afectivamente, parecía que realmente hubiera llegado a una meta.
En mi cabeza múltiples imágenes de este año aparecían y recordé como un sueño aquel primer viaje de calor, desierto, rutas y luego el encantador invierno europeo, el refugio, la lluvia, la neblina...
Pero este lugar era diferente. Estábamos en una colina, o algo parecido. Nos rodeaban montañas. Había una en particular, verde y enorme. Era imponente. La sorpresa ante la magnitud de aquél lugar me quitó el aliento. Era hermoso...
El cielo, el aire tan puro...
- Éste alguna vez fue tu hogar.
Me pareció extraño, pero enseguida lo tomé como cierto, no sé porque sin más ni menos le creí.
Me abracé con Líber. Sentí que volvía. Que reconocía ese lugar como mi antigua casa. Pero me sentía mal, ¿Cómo no lo supe siempre?, ¿Había olvidado mi casa?
-Líber, no recuerdo nada- Le dije con tristeza. Tenía un extraño impulso de llorar.
Las manos de Líber se tornaban maternales mientras me acariciaba la cabeza. Sentí que estábamos solas.
- Ese es el objetivo de este viaje; que recuerdes de dónde vienes.- Dijo firme.
Me separé de su pecho y la miré a los ojos. Ella también me miraba, compadecida. Su sonrisa comenzó a agrandarse. Los ojos le brillaban.
- ¿Estás lista?
Me desperté expectante. Aquí comenzaba el segundo viaje.

Vacía.

Caminaba como si no tuviese sentido. "¿Y ahora cómo hago?" Se agarraba la cabeza; estaba desesperada y ya no sabía qué hacer. Su mirada ausente apenas observaba. Llevaba su cuerpo con pesar, como si fuese una carga, una culpa... Se veía tan gris... No podía ni imaginarlo, le costaba creer que hubiera sucedido. Todavía no le parecía real. Sentía que en cualquier momento Fel le sacudiría el hombro para sacarla de su estupor. "Siempre en las nubes vos, eh" Solía decirle, mostrandóle esa sonrisa que sólo ella lograba ver. Pero esta mañana, al levantarse, su celular no sonó; nadie la esperaba en la puerta con dulces ni saludos cordiales, nadie compartió el camino a la universidad con ella, ni le abrieron la puerta. No le dijeron "Suerte, nos vemos". Nadie le dedicó una sonrisa, ni jugó con su pelo en el almuerzo. Nadie le susurró comentarios divertidos sobre los demás. No compartió el viaje de regreso a casa. Nadie la convenció de ir a la plaza. Ni siquiera miró nubes.

No quiso pensar más. Pero al llegar a la ventana y observar aquella luna triste y redonda, no pudo evitar sentir la esperanza de que le llegaran suspiros y comentarios acerca de aquel disco plateado que la miraba compadecido. Cuando se pregunta cómo fue, sus dedos automáticamente se dirigen a su cuello, rozándole la garganta, buscando un túnel sanguinolento y perfectamente circular. ¿Cómo hubiera sido si hubiera llegado mucho antes?… A veces cree que no fue la primera que lo vio. Piensa que lo ha soñado, que ese último abrazo desesperado, sangriento e inaceptable no ha sucedido. Que en realidad el último fue esa mañana, cuando la esperaba sentado en el zaguán de su casa para ir juntos a estudiar. Esa mañana Felipe tenía los ojos más soñadores que nunca y se los dedicaba solo a ella. Aunque su sonrisa tenía un dejo de abandono, estaba llena de ilusión. Cuando la vio en la puerta, se le iluminó la cara. La acogió en sus brazos como si fuese su última oportunidad. Le pareció extraño, pero ella estaba feliz; a lo mejor era tiempo de confesarle su amor… Ella estaba expectante por el día siguiente; parecía que Fel escondía una sorpresa… No, jamás pensó que fuera eso. No en ese momento, no ahora. Ya nada parecía valer la pena… “Siempre celebro tu existencia” Le había susurrado una vez. “¿Quién te mato? ¿Qué te apartó de mí? Te siento tan lejos…” Ella mira al cielo intentando encontrarlo. Sus ojos gritan que lo quieren y una lágrima amarga se escapa, furiosa. Quién comprende al amor, quién comprende a la muerte. Qué más da, nadie le va a preguntar cómo se siente.